Hace cuarenta años hacía
frío
y el viento barría las
calles del centro
De este lado del fuego,
tiritábamos.
En las esquinas nos
abrazaba el miedo.
Yo tenía una hija en una
cuna
y un televisor en blanco y
negro
que me mintió con sus voces
marciales,
su amenaza su alcohol y su
violencia.
Hace cuarenta años
desperté en una guerra
en la locura colectiva de
una plaza rosada.
Yo tenía una máquina de
escribir moderna,
un escritorio y un título de
secretaria
pero de pronto fui recluta,
así tan lejos
fui herida de bala y esa
sangre de todos
se derramó invisible en
las veredas.
Tenía también un Citroën
de color naranja
repleto de galletas, de
latas y frazadas.
A veces me ganó el
triunfalismo,
la ingenuidad de las
colectas mentirosas,
la declamación del gran
espíritu argentino en la pantalla.
Hace cuarenta años, por
veinticuatro horas
llegué a creer que éramos
capaces de todo,
que no nos costaría la
vida la penuria el olvido
de tantos y tantos.
Desde el piso quince de
una torre en el bajo
auscultábamos el cielo y
el río,
imaginando submarinos en
el puerto
en espera de aviones
enemigos.
De trajecito sastre y tacos
altos
Anduve alucinada por la
city porteña
entre miles de extraños de
corbata
adornados con escarapelas.
Las noticias del mundo se
llenaron de enojo.
El imperio otra vez se
encargó de convencer al mundo
con su larga uña que
señalaba al Sur.
Qué solos nos quedamos
entonces
sometidos a la fiebre
contagiosa de un borracho
y sus compinches.
Hace cuarenta años hubo
una guerra
que se me hizo quiste en
la memoria.
Y me llené de por qués que
todavía andan sueltos
o en anónimas celdas por los
manicomios.
No, no se terminó la
guerra
La vieja herida sigue ahí,
todavía tiembla.
Martha Valiente
Escritora, poeta,
coordinadora del Taller de Escritura Creativa.
Biblioteca Popular Sudestada, Vicente López, Provincia de Buenos Aires