Un espacio cultural para todos

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ENCONTRADAS EN LIBROS

Los libros te dan sorpresas V
(objetos encontrados entre libros)



EN una caja de libros donados reposa un objeto de tapas duras color verde oscuro, lomo en buen estado y cientos de páginas. Pero no es un libro, aunque lo parece: se trata de una agenda. Con más precisión: un Calendario histórico médico de Warner de 1934. Una página por día. En cada par enfrentado, una referencia médico histórica a la izquierda, y un almanaque. En todas, breves frases de divulgación de historia médica, o ética referida al ejercicio de la profesión. Le falta la portada y quizás alguna página más, que parece haber sido arrancada, comprometiendo la unión de la agenda con su tapa; pero en general, está en buen estado.

Pero la rareza de este hallazgo radica en lo que posee escrito. Un texto que corre desde las páginas que van del 1° de enero hasta el 3 de febrero: treinta y cuatro carillas con una caligrafía transparente, que permite leerlo todo, en tinta negra a pluma, una pluma fina y una mano sin urgencias, como si el tiempo no fuera un acicate. Como suponemos, hoy, que podía ocurrir en 1934, sin televisión, celulares ni pantallas. Tiempo en estado puro que había que llenar.

No hay referencias al autor de las líneas, ni firma o portada con los datos del propietario de la agenda, ni nada. Hay, sí, indicios que, aunque parecerían indicar a una autora, contemplados con mirada crítica, no permiten aventurar tanto. Se trata de la transcripción de un epistolario sostenido por dos amigas. No es que una mujer escribía una carta en esta agenda y la hacía llegar a su corresponsal, quien a su vez respondía sobre la misma y la volvía a hacer llegar. No. La caligrafía es la misma para todas las páginas. Podría ser tanto un ejercicio de ficción (un intercambio epistolar novelado) como la transcripción del texto de auténticas cartas enviadas por dos amigas, y que una de ellas realizara antes de despachar las suyas por correo y, luego, al recibir las de su amiga, para permitir una lectura cronológica correlativa del intercambio. Es cierto que hay dos nombres (Lola Morales y Stella Gálvez), que hay detalles geográficos (una escribe desde Valparaíso, la otra desde Buenos Aires) y también biográficos (Stella Gálvez afirma que su padre es el cónsul argentino en esta ciudad). Pero ningún indicador indubitable confirma que estos datos sean parte de la realidad. Llamativamente, no hay tachaduras ni enmiendas. Ninguna.

La primera carta es de la señorita Stella Gálvez. Está fechada en Valparaíso el 12 de diciembre. No se indica el año en esta y en ninguna, constante que no abona ninguna tesis: si es un intercambio epistolar auténtico, ambas saben en qué año viven, y sólo necesitan indicar el día y mes. Si es una ficción, el recurso es de lo más apropiado para sustraer lo narrado de cualquier acontecimiento auténtico al que el autor no quisiera ver encadenada su historia.



Stella Gálvez le cuenta a Lola Morales que está enamorada. No le falta estilo: con el corazón en la mano “inquieto y saltarín como un cachorro recién bañado” recorre, en largo preámbulo, la vida en común en la niñez y aquel otro momento en el cual “juntas, entramos en liza con las preocupaciones sociales”; aquellos salones brillantes donde ambas estaban llamadas a rutilar: “yo, tú, ella y todas somos un poquito vanidosillas y los muchachos unos diablos que para hacerse simpáticos, cultivan el arte de lisonjear.” Luego, explica: “(…) el corazón, mientras no ama, es lo mismo, un señor autónomo; pero el choque de una mirada lo fulmina y todo cambia.” Y promete detalles a vuelta de correo.

El 20 de diciembre, Lola Morales (ahí puede haber un tropo, desde que en lo sucesivo actuará como la conciencia moral de Stella) la azuza: “¿Tú enamorada? ¡Claudicadora! ¡Majestad vencida! ¿Conque has descendido al nivel de los mortales? Conque te has dignado al fin interesarte por un hombre…” Y acto seguido le dice que también tiene materia para contar, pero que ello no despierta ningún entusiasmo.

Sean cartas auténticas o sea parte de una novela en progreso, las autoras o los personajes son dos jóvenes de veinte años de edad (lo dicen en una de las cartas). Hablan en el lenguaje que –a más de ochenta años de la fecha de la agenda soporte- queremos imaginar que hablaban dos jóvenes con educación secundaria (se alude a que leían novelas románticas entre lecciones de física) y que si bien afirman no poseer fortuna (Stella) o ser, lisa y llanamente, pobres (Lola), poseían un roce social que parece desmentir esas afirmaciones. La hija del cónsul definitivamente no podía carecer de un buen pasar. Pero la prosa es delicadísima. Lola le pregunta a Stella si auténticamente está enamorada: “Cuando nuestros pensamientos atraviesan el espacio en la dorada carroza de la ilusión, tirada por aladas quimeras, ¡qué de maravillas contemplan extasiadas nuestros ojos! Cuántas deidades nos salen a nuestro encuentro antes que lleguemos de nuevo al punto de partida: ¡la realidad!” Stella le vaticina a Lola que le llegará su turno en el amor: “Pasará otro viajero que con tierno reclamo tal vez haga palpitar su corazón. Entonces ella, con sus alitas tendidas, su piquito abierto y sus ojitos cerrados, bajará desde la frondosa copa del árbol del Ensueño, a posarse en el hombro de su elegido y trinando le dirá: ¡Llévame donde tú quieras, en la jaula más tosca que me encierres viviré feliz siempre que tú seas el que me tenga cautiva!”

El nudo del relato lo constituyen las narraciones, en paralelo, de las experiencias amorosas de ambas jovencitas: Stella Gálvez, en una fiesta oficial en Valparaíso, conoce a un joven de la sociedad chilena de quien se enamora: Horacio Ryan Miller. Personaje secundario formidable es un tal Juanito, esos mozos amigos sin derechos de tantas chicas, que se encargan de transportar billetes, hacer presentaciones, sacar a bailar a las niñas pero bien cerca de los caballeros que ellas auténticamente pretenden. “(…) muy buen chico, de esos que nosotras en nuestras charlas disparatadas, clasificamos de “comodines”. Esos que bailan bien, visten bien, te atienden bien y tú los llamas cuando quieres bailar o les dices “con permiso” cuando bailando con ellos viene otro a invitarte, y que nada les molesta ni ofende.”

Pero si hay un punto en el cual la agudeza de quien escribe estas líneas llega a cumbres andinas, es cuando Lola caracteriza a su festejante, José Luis, de quien ella no está enamorada y al que esa misma noche de la misiva, habrá que rechazarle su propuesta matrimonial: “Al sentido de la vista: es un hombre buen mozo. Buena estatura, buen pelo, buenos ojos, buenos dientes, bueno todo… ¡Ay, Dios mío, por qué no tendrá algo malo o muy bueno, así rompería esa crispante monotonía! (…) En fin, que si se llegara a tocar la cara o el cabello daría la sensación de un maniquí. (…) A veces pienso que si se le diera un mordisco, se le sentiría un gusto amargo o agrio o quizá con más seguridad, gusto a nada, a corcho. (…) Al oído. Ni halaga ni subleva. (…) Yo preferiría que alguna vez gritara o chillara y dijera algo descomedido o renegara siquiera pero eso… es pedir peras al olmo, no saldrá jamás de sus frases hechas.” Y concluye: “Ni me vendo, ni me dejo comprar, y sobre todo, no quiero engañar a nadie. Él es un hombre bueno desinteresado, merece mucho más que eso, y mucho más yo, también.”

¿Realidad o ficción? En cualquier caso, bien escrita. Si algo torna sospechosa de alguna autenticidad histórica a esta escritura, es la falta absoluta de detalles coloquiales, las referencias a terceros que no se encuentren totalmente abastecidas por el relato global, o la ausencia de envíos de saludos, de remesas de miel, yerba o libros.

Otro hallazgo más. Esta vez, no se trata de un objeto encontrado dentro de un libro, o de un texto escrito dentro de un libro, sino de objetos hallados entre los libros. Y hay más, siempre aparecen más.

Daniel Ortiz.



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Los libros te dan sorpresas IV
(objetos encontrados en libros)





  Poco a poco vamos formando una colección más que interesante con todas aquellas cosas que los poseedores precedentes de nuestros libros se avienen a dejar sembradas en el interior de los que nos donan. Véase, en la parte superior, ese plan de trabajo para un 4 de septiembre. Alguna dama, en las vísperas de la primavera, se organiza para ir a buscar a lo de su señora tía variedad de elementos de su vestuario, donde no faltan ni guantes ni enaguas (lo cual nos sitúa desde la década del 60 hacia atrás). La nota fue hallada en el interior de un ejemplar de El veraneo de Guillermina, de Henri Ardel, autora francesa de libros románticos. 
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Siempre en el rubro epistolar, veamos esta espléndida carta-crónica de un niño feliz al que se le cumplieron tres sueños en un viernes soñado:

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Tenemos que agradecer que los milagros existan. Si no fuera así, no podríamos haber contado con la carta que sigue. Se trata de una esquela que presuntamente deslizara una señorita (Loreley), bajo la puerta de la casa de un caballero (Guille), a cuyo domicilio asistió de noche sin previo aviso, y sin hallarlo. Del texto se desprende que Loreley, habiendo fallecido durante la tarde, resucitó al caer el sol y, repuesta, se dirigió a la casa de Guille, donde ocurrió todo lo que da cuenta la nota. Promete pronta visita acompañada de Mónica. Vivir para contarla.

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Borges también recibía buenas noticias. En la escueta carta que reproducimos más abajo, le informan que una segunda edición en hebreo de El jardín de senderos que se bifurcan, acaba de ser publicada en Tel Aviv. Le remiten tres ejemplares. Shalom.

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          Profesor, no estoy conforme con la nota ¿me revisa el examen? ¿Qué docente no escuchó esta frase alguna vez? Sin embargo, hay calificaciones que no admiten discusión, y el joven Julio C. Atmadjian habrá admitido, de buena fe, que ese “2” resultó buena nota por copiar los problemas y hacer unos dibujitos en el margen de la hoja cuadriculada. ¿O no? 

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          Firma inquietante por muchos buenos deseos que la precedan. Tarjeta hallada en una bolsa con muchos libros religiosos.


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          Ya que estamos en el plano de la fe, compartimos este fabuloso volante mediante el cual un grupo de devotos creyentes, convocaba a una jornada cívico-sobrenatural: una maratón de 30 horas de oración. A fuerza de rezos, preces y rosarios pretendieron, en algún Día de San Valentín, convertir a la clase dirigente argentina en una clase públicamente arrepentida. ¿Cómo les habrá ido? 


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Perdida en el tiempo y extraviada de la historia, data de 1947 esta amplia invitación de Américo Ghioldi (h) –futuro embajador de Videla- a una conferencia sobre un tema apasionante: la Elegía sobre un cementerio de aldea, de Thomas Gray, poeta inglés del s. XVIII. Y nos imaginamos a los asistentes –convocados por los ex alumnos del Nacional Buenos Aires- arrebujarse en las escalinatas del Instituto Francés de Estudios Superiores, apresurando el paso para entrar y sustraerse a tanto cabecita negra que, ahora, andaba creyéndose un igual. ¡Qué mierda! Acá seguro no van a entrar, porque no nos andamos en esas cosas de demagogos que le dan circo al vulgo (ahora que le regalan el pan), y por eso elegimos este tema a prueba de toda chusma. Chusma, chusma, ppprrr… Así solía apostrofar al pobre Chavo del 8 el mexicano Carlos Villagrán, encarnando al presuntuoso niño-bien, Quico.


                                          

Daniel Ortiz

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Los libros te dan sorpresas III
(objetos y escritos encontrados en libros) 


No siempre lo que hallamos adentro de los libros son cosas tangibles. Muchísimas veces, encontramos otra cosa tan personal  como un objeto olvidado entre unas páginas encuadernadas: las anotaciones que los lectores hicieron sobre su libro.

Estos escritos también nos hablan de los lectores, como lo hacen aquellos objetos que abandonan. Lectores que, en un primer análisis, acceden a realizar algo que muchos otros consideran sacrílego: escribir sobre un texto impreso. No creen estar profanándolos: los subrayan, les hacen glosas, llamados al pie, les adosan signos de exclamación o admiración. Con tinta, en lápiz, con marcadores o resaltadores de colores. Textos pertinentes al texto leído y textos por completo fuera de contexto (como los muchos números telefónicos que encontramos, o direcciones apuntadas al pasar, en las hojas o tapas de un libro).

Hoy nos detendremos en dos ejemplares que nos dan la evidencia de un ritual solidario: son libros que han pasado de mano en mano:




Romero Brest subtituló “Cartas a una discípula” su breve libro sobre el arte abstracto. Y hallamos que a este ejemplar lo firmaron varias mujeres de un lejano año 1960, sin aclararnos el motivo. Son firmas prístinas, y en casi todas podemos leer los nombres de las jóvenes que la estamparon (aquí hay una petición de principio, porque no anotaron su edad): Nélida Peruzzini (eso parece decir), Elva Elissetche, Inés Procea, Elena Fernández, Nelly Fornari Aróstegui y otra dama cuyos datos se nos pierden entre arabescos, aunque con grafías discernibles. Si arriesgamos su juventud, es porque –acorde a los hábitos de la época- no está agregado un apellido de casada, ni ocultado el propio bajo una inicial y un punto. Así, como en este libro, firmaban la mayoría de las muchachas solteras de 1960 hasta contraer matrimonio.

¿Qué arcano encierra este listado onomástico? Una hipótesis: diversas discípulas de Romero Brest, interpeladas por el subtítulo, decidieron estampar sus firmas luego de leerlo, para devolvérselo al maestro con este mensaje inequívoco: “Nosotras, las discípulas, recibimos su carta.” De todas ellas, sólo dimos con Elva Elissetche, una ceramista. Dimos, quiere decir que el autor de estas líneas googleó el nombre y el mismo apareció vinculado a las artes plásticas de un modo unívoco. Las otras no tienen registros en la web, pero bien podrían tenerlos en otros soportes, o tener una obra reconocida, o simplemente una vida dedicada a la docencia, sin obra plástica registrada en catálogos, en revistas, en libros. O quizás una vida que, tras esos estudios de arte, transcurrió lejos del arte, a donde la misma vida llevó a su protagonista: el comercio, las tareas en el hogar, o tal vez hasta una muerte prematura, cuando todo presagiaba a una artista plástica notable…
                                                   



Hay otro libro que participa de este registro que, ahora si, indica claramente el ritual del uso compartido: es una novela policial de Earle Basinsky, autor norteamericano fallecido tempranamente (a los 41 años), con cinco novelas publicadas; El gran robo, la primera. Se trata de un ejemplar de una edición de bolsillo, económica, el número 1 de la Colección Linterna de Ediciones Malinca, pie de imprenta de 1957. La contratapa da cuenta de un patrocinio muy importante, que puede leerse también en la primera página, en la dedicatoria del autor: se trata de Mickey Spillane, autor de culto del género pulp y el creador del detective Mike Hammer.


                                                              



En la primera página en blanco, luego de correr la tapa, nos encontramos con una leyenda que es como una consigna: “La lee y la deja para otro.” Imperativa, pero con la cordialidad, el buen tono de quien está acostumbrado a mandar sin que se note. Como lo hace el compañero con ascendiente sobre otros. A continuación, una lista de apellidos, numerados, en lo que seguramente fue el orden de lectura. Aquí se lee: Grau, Palopoli, Erausquin, Camaño y Ratto. Está escrito el número ordinal 6°, pero sin un nombre a su lado.

¿Cuál habrá sido el ámbito de lectura de este libro compartido? ¿Qué ámbito era ese, donde un libro era un objeto escaso, que se socializaba, al que había que dejar para otro luego de leer?

El tener que dejar un libro para que otro lo lea, presupone un lugar físico también compartido, con objetos de propiedad colectiva, como pueden ser el mate, la bombilla, una olla, las herramientas de trabajo. Un lugar al que se regresaba todos los días o, quizás, no se retiraba nadie por períodos prolongados. ¿Un obraje en el monte? ¿Una base antártica? ¿Una cárcel?

                                                                    



Estos testimonios sobre la primera hoja de un libro, nos develan, también, un fenómeno peculiar: ambas son bibliotecas de un solo libro. Un ejemplar es puesto en circulación de lectura y sus lectores dejan registro de su paso por el libro, como se hace en una biblioteca. Ambas bibliotecas de un solo libro son, también, de un solo género: una es de chicas solteras estudiantes de arte, la otra es de varones del mundo del trabajo (insisto: nos estamos permitiendo una licencia de la imaginación). En ambas el libro es extraído del ámbito casi egoísta de la biblioteca particular, donde luego de ser leído, se deja en un estante para que acumule polvo, para ponerse en la ronda de un ritual que, si bien solitario (porque la lectura parece haberse hecho en soledad), se torna colectivo luego de que todos comulgaran con sus páginas. Y ahí podemos espiar la conversación de Grau, Palopoli, Erausquin, Camaño y Ratto sobre la lectura en común de un policial negro, en medio de charlas sobre fútbol, sobre máquinas, sobre política; o la charla animada de Nélida Peruzzini, Elva Elissetche, Inés Procea, Elena Fernández y Nelly Fornari Aróstegui sobre el mundo que el maestro Romero Brest les abría en sus propias concepciones sobre el arte abstracto. Un mundo donde también había policiales negros, máquinas, fútbol y política, entremezclados con arte abstracto, bibliotecas, varones y mujeres. Y libros, siempre libros.


Daniel Ortiz.

                                                                    ----oooo----

Los libros te dan sorpresas II
(objetos encontrados en libros)

H
ace algo más de un año publicamos la primera entrega de esta sección, que exhibe aquellos objetos que encontramos dentro de los miles de libros recibidos en donación por los vecinos y socios de la Biblioteca Popular Sudestada. Allí prometíamos que, si 
nos lo solicitaban masiva y fervientemente, reiteraríamos esta sección. Habiendo dado plazo suficiente sin que se produjeran solicitudes masivas ni fervientes, cedemos en nuestro orgullo y volvemos a presentarles un segundo envío de objetos encontrados en libros, rogándoles, esta vez, que no realicen comentarios ni solicitudes, porque no las estaremos esperando.

Estos objetos nos hablan de los lectores. Son indicadores, muchas veces, de estados de ánimo pasajeros que, al quedar reflejados en un objeto que perdura, es recogido en la posteridad por otro que le da una interpretación o un contexto, convirtiéndolo en fuente histórica. Esto es porque todos nosotros, sujetos, construimos historia cotidianamente, aunque el viejo paradigma historiográfico nos haya hecho creer que la historia la realizan individuos nacidos en bronce y con destino insoslayable de héroes. A la historia la forjan los pueblos.

Comenzamos con algunos ejemplares del género epistolar: una esquela en italiano, en cartón, fechada el 12 de agosto de 1939, apenas tres semanas antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
(Frente de la esquela)

(Dorso de la esquela. Nótese la escritura cruzada, en sentido vertical, para el saludo y la firma.)

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Telegrama franqueado en Buenos Aires, reenviado y recibido en Roma el 8 de marzo de 1925. Plegado, indicando el destinatario. Podemos suponer, entregado ese mismo día.

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En todos los tiempos las personas se han deprimido y necesitado darse ánimos. En esta ocasión, remitente y destinatario coinciden: es una carta para si mismo, que un señor decidió escribirse para eventuales momentos de flaqueza futura. De 1960.

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En esta otra carta, una madre le cuenta a su hijo que está enferma, sin dinero, pero que unas visitas que recibió le dejaron algo “así me puedo comprar algún remedio, o para la quiniela, o mandar las cartas (…)” Fechada en 1938, en Montevideo.

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 Cambiamos el eje. ¿Quién no ha guardado entradas de espectáculos en un libro? Como recuerdo, al descuido, porque si. En su tiempo, habilitaron el ingreso a momentos que, a la postre, fueron inolvidables.

 ¿Qué habrán ido a ver? El vale no tiene fecha.


Dos entradas al cine Metro, picadas y cortadas.


 Entrada del 19 de octubre de 2007: gira “Me verás volver”,
entrada del día de la vuelta de Soda Stereo tras diez años.


Entrada del 10 de noviembre de 2010, del “Up and coming tour” de Paul Mc Cartney.


Todo indica que se trata de un recital de Piero, del 25 de diciembre de 1983, a juzgar por la unidad monetaria empleada (pesos argentinos). En 1981, año de su vuelta al país, había realizado otro en el mismo lugar.


Entrada a uno de los recitales de la vuelta de Serrat a la Argentina, en 1983, aún en dictadura (del 14 de junio de 1983, a un año del fin de la guerra de Malvinas).


Festival solidario, aparentemente de 1983 (año de grandes inundaciones), organizado por Serpaj en la cancha de Excursionistas.


Convocatoria por el pancho y la Coca, en los días de la masacre de Trelew.

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Los libros te dan sorpresas I
(objetos encontrados en libros)

E
n los miles de libros recibidos en donación por los vecinos y socios de la Biblioteca Popular Sudestada a lo largo de los años, fuimos recopilando diversos objetos hallados en el interior de los mismos. No todos: la mayoría de las flores u hojas de plantas se deshacen al retirarlas, y muchos señaladores, papeles, esquelas, facturas, prospectos, constancias bancarias, y muchos etcéteras, no poseen aquello que los hace interesantes.

Pero sí les iremos mostrando una selección de otros que al quedar involuntariamente conservados en el interior de las hojas de un libro durante muchos años, han cobrado un valor que al principio no tenían: piénsese en etiquetas de golosinas desaparecidas, billetes fuera de circulación, propagandas gráficas, pasajes de tren u ómnibus y muchos formularios de instituciones, situaciones o tecnologías obsoletas. Hay también muchas fotografías, cartas de todo tipo, estampitas religiosas, primeros cabellos de niños, primeros garabatos, recetas de cocina, recetas farmacéuticas, recortes de diarios, programas de cine, teatro y ópera y otros objetos inclasificables.

Lo que sigue es una muestra. Si nos escriben masivamente diciendo que les interesa, continuaremos en el próximo boletín. Los libros te dan sorpresas.


Mi primer millón


Se nos venció por 18 años: ¿nos lo puede rehacer?
(Esos pesos convertibles de 1997, equivalían a U$S 50 = $ 434 –oficial- o $ 682,50 –blue- y, en la época, a diez menúes Burger King o cincuenta latas de gaseosa)


Un peso moneda nacional, vigente hasta 1960, más otro de $ 50 con el retrato del Gral. San Martín vigente hasta 1968. En el medio, el claro protesto por el precio del “Puloi” (antiguo detergente en polvo para vajilla) y un aviso contundente (minga) de que no le habría de pagar ese precio al mentado Francesco. (Nota encontrada en el Manuale di fondería d’alluminio, de Ulrico Hoepli.)




Un boleto de larga distancia (Buenos Aires -Villa Cevallos) para viajar un lejano 14 de enero, y que costó $ 342,80.- Viaje de ida. Frente y dorso de varios boletos de colectivos porteños, de la época en que el chofer conducía, cortaba boletos y los cobraba, además de enfermarse de los nervios y discutir con los pasajeros. No hace tanto de esto…




¿Alguien nos puede decir cuántos aciertos tuvo este apostador?
Nótese que en la fecha hubo dos clásicos: River vs. Boca y Platense vs. Argentinos Juniors. ¿Cómo salieron? En ese torneo, el campeón fue River Plate.



El señalador hecho a mano, y el pago de la cuota sindical de marzo de 1956 fueron encontrados, juntos, en Historia de la democracia argentina, de Leopoldo Ornstein (1946). La firma del Sr. Pedro Jancich aparece entre los signatarios del primer convenio colectivo de trabajo del gremio, en 1948, como se ve más abajo.

(Captura de pantalla de “Historia del Sindicato Obrero del Caucho”, en https://www.youtube.com/watch?v=-WXbj3QwAj4)


Anotación del día 5 de enero de en un diario personal, y enmienda posterior donde se observa que la inflexión verbal en tiempo presente “Te amo”, ha sido transportada al pretérito indefinido (“Te amé”), siendo testadas definitivamente las palabras “mi amor”. (En una agenda “Paulo Coelho - La leyenda personal”, año 2005.)

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